Además decía que el agua de la bomba le salía amarronada, por culpa de Plastivida. Y que se morían las mojarras y los bagres, porque echaban la mierda al río Luján, y que una vez le cayó una lluvia ácida a Bertotti, que es empleado de ahí, por ese mismo asunto de la contaminación.
Pero el escombro grande lo empezó a hacer cuando lo encontró muerto al Miñón, pobre bicho, todo chamuscado y con los ojos para afuera, en el alambre que da a la parte de atrás de la química.
Abel y el Miñón eran uno para el otro, más desde que Abel se quedó viudo. Lo subía al canasto de la bicicleta para hacer el correo, y las viejas decían siempre que el Miñón ladraba solamente cuando Abel entregaba cartas documento.
Como era el perro del cartero, y además nunca había mordido a nadie, todo el mundo lo quería al Miñón, así que cuando se electrificó fue como la muerte de alguien. Desde ahí todos le empezamos a tener bronca a la química, y de a poquito nos fuimos metiendo en el tema del medioambiente.
¿La verdad, la verdad? La muerte del perro no tenía nada que ver con la porquería que largaba la fábrica… El pelotudo del Miñón metió el hocico mojado en el alambre eléctrico porque los perros son así, medio curiosos, se quieren meter en todas partes (los gatos en ese sentido son más piolas), pero igual nos indignamos.
—¡Esta vez fue un perro! —gritaba Abel esa mañana, trayendo el cadáver del animal en los brazos—, ¿pero el próximo quién será?
Nos puso la piel de gallina a todos, el cartero.
—¡Pudo haber sido el hijo de cualquiera! —gritaba, y la gente del barrio decía que sí con la cabeza, y las viejas se persignaban, pero yo creo que Abel, más que advertir, se lamentaba de que no haya sido el hijo de alguien, el muerto. En vez del perro.
Fue por esa época que el Píter se compró un spray, un aerosol rojo fuerte, y les escribió ‘ASESINOS’ en el portón, a los de Plastivida. Fue en el portón grande, el que da a la ruta. No en el del cruce; en el grande. Después la noticia salió en El Oeste y ahí ya se enteró todo Mercedes.
Eso fue a fines de agosto, digamos. O en septiembre. Un par de meses después estábamos unos cuantos en La Perla, ¿no?, y vimos que Crónica TV salía en directo desde Luján por el tema de una violación. El cartero Abel estaba en la barra, comiéndose un calentito, y miraba serio la tele.
—Estos hijos de puta de Luján salen en Crónica por una violación, ni siquiera por un asesinato —me acuerdo que nos dijo— y a nosotros, que perdimos al Miñón, nadie nos da media bola. ¡Lo que es tener Basílica, eh!
Y todos dijimos que el Abel tenía razón.
—Tiene razón, tiene razón —decíamos desde las otras mesas de La Perla.
Entonces nos pusimos a averiguar cómo teníamos que hacer para avisarles, a los de Crónica TV; si les escribíamos una carta o buscábamos el teléfono en guía o algo, pero justo se dio que llegaba al bar Fernando Luna, que tiene la radio, y conoce a una punta de gente de los canales de la televisión de Buenos Aires.
Ese día, creo yo, fue que empezó todo.
Fernando llamó a Crónica, pim pum pám, y enseguida arregló. Hubo que mandar unos planos, decirles por teléfono de dónde era la fábrica, quién era el dueño de Plastivida, qué tiempo hacía que Plastivida estaba instalada en Mercedes y cuántos vivíamos en el barrio.
Los de Crónica nos mandaron decir por Fernando que iban a mandar una cámara con un cronista, pero nada más, porque costear un móvil en vivo no tenía sentido, dijeron, “si la denuncia no es grave”.
—¡Qué hijos de una gran puta! —gritaba el cartero Abel— ¿Cómo que no es grave? ¡Ha habido un muerto, señores! Lo que pasa es que Fernando no dice las cosas como son. Eso es lo que pasa.
Y ahí nos caímos todos al locutorio en patota: esta vez llamamos nosotros. Les dijimos al de la televisión que lo de Luján tampoco había sido gran cosa, porque se descubrió que a la nena violada la habían manoseado, sí, pero que no se le había encontrado penetración, y que de todas maneras transmitieron en directo, ¡dos horas!, y que Luján queda más o menos igual de lejos que Mercedes. Eso le dijimos.
También le dijimos que acá ya había habido un muerto, y que si esperaban a que hubiera otro para mover el culo, más que periodistas parecían funcionarios (eso se le ocurrió a Rosendo, al padre del Píter, que hace versos y habla como si escribiera). Pero igual no fue la frase, sino lo de nombrar un muerto, lo que los hizo interesarse por el tema de la fábrica.
Al día siguiente nos mandaron preguntar sobre la identidad de la víctima mortal. Esas dos palabras usaron: “víctima” y “mortal”. En ningún momento dijeron “persona mortal” ni “ser humano mortal”. Entonces nosotros, otra vez desde el locutorio de los coreanos, les mandamos un fax que pensamos entre todos:
“La víctima mortal tenía once años. Stop. Era morochito, no le hacía mal a nadie. Stop. Vivía con el cartero Abel, que lo trataba como a un hijo. Stop. A pesar de que lo había adoptado para que no anduviera en la calle. Stop. La víctima mortal andaba jugando con una pelota. Stop. La pelota fue a dar al alambrado de Plastivida. Stop. El alambrado estaba eléctrico. Stop. La víctima mortal se murió en el acto. Stop final”.
No pasaron ni tres horas desde que mandamos el fax. Ahora sí empezaban a entender, los porteños.
Enseguida nos habló un productor, muy buena gente, y nos dijo que las cámaras estarían a nuestra disposición el día que nosotros hicierámos una marcha en repudio frente a la química.
—¿Qué tipo de marcha nos conviene? —preguntó Abel.
—Habiendo criaturas de por medio —dijeron los de Crónica— se usa mucho la del silencio.
Y entonces arreglamos con la televisión para el sábado dieciocho de noviembre… Yo creo que así empezó todo, señor. No sé qué le han dicho los demás involucrados, pero yo, que estaba ahí, le digo que la desgracia empezó ese día.
