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1. La madre de Rímini no existe en el relato para que Sofía pueda ser la mujer-todo, y sobre todo, ser la madre de Rímini (En contraste con el padre de Rímini, que es uno de los personajes importantes de la novela, la madre de Rímini casi no es mencionada; tiene alguna aparición tangencial en algún recuerdo de la infancia solamente).
2. RIMINI significa: RÍe MI NIño. El “mi” alude al aspecto autobiográfico (aunque es inmediatamente negado por el ni). La RI de Rímini hace eco en la de RIltse. La i está presente en la tragedia, la ironía, el cinismo. Vera y Carmen no tienen í, ellas son otra cosa, son el afuera, el mundo al que Rímini ni llega a asomarse.
3. Todo lo que tenga que ver con Sofía (tiene í), su omnisciencia, su continuidad, su omnipresencia, su imposibilidad de olvidar, es, como diría un psicoanalista lacaniano, “del orden del goce”. Todo lo que tiene que ver con Vera y con Carmen, en cambio, es “del orden del deseo”. Vera y Carmen, tienen rasgos de los que es posible enamorarse, tienen virtudes y defectos, aparecen y desaparecen, y cuando desparecen (vía muerte o separación) su desaparición es inmediata y total. Porque se pueden perder, se pueden desear. Lo contrario de Sofía, que siempre está.
4. “El Pasado” es una novela pajera. No porque Rímini sea un insistente onanista; el tipo de narrativa es masturbatoria. Cuando los hombres se masturban, precisan construir una escena plausible que desencadena en un acto erótico del que ellos son protagonistas. Las desventuras de Rímini están construidas con el mismo esfuerzo de darle plausibilidad a los hechos. Es patética la tenacidad del autor para citar lugares, años, nombres, escenas, rasgos de carácter que parezcan creíbles. La historia de Riltse, a pesar de sus aristas exageradas, tiene una sobrecarga de plausibilidad impostada (los fenómenos de la comunidad de artistas malditos, las internas del Sick Art, las razones por las que los médicos no acceden a los pedidos de Riltse, los comentarios de la crítica, las peripecias de su obra, etc.) Pauls nunca quiere presentar hechos sin explicación; ningún “Gregorio Samsa despertó aquella mañana después de un sueño inquieto y sorprendióse en su cama convertido en un monstruoso insecto” arbitrario. Todos los estados de ánimo son explicados, para que veamos que son plausibles, que podemos fantasear con ellos, que la escena no se interrumpe: para que podamos seguir haciéndonos la paja.
5. A causa del punto anterior, este libro le gusta mucho más a los varones que a las mujeres. Los hombres lo leen sin detenerse hasta el final. Las mujeres suelen abandonarlo: “estoy podrida de contemplar a este papanatas masturbándose”. Los hombres, en cambio, nos fascinamos. Un comentario similar al que hace Rímini sobre las películas pornográficas durante su primer relación sexual con Nancy, puede hacerse sobre El Pasado: su mismo esfuerzo en construir un argumento y una escena plausibles que demuestre que eso existió, o pudo haber existido, es lo que nos excita a los varones a seguir leyendo o mirando (por malos que sean los actores) de un tirón hasta acabar.
6. De Sofía (la sabiduría) salimos para entrar en Vera (la fe o la verdad). Y después está Carmen (Rojo, Hijo, Carne de mi Carne).
7. Fante, Bukowsky, Hemingway, Faulkner, Plath, y los buenos novelistas norteamericanos en general no suelen entrar en disquisiciones filosóficas en su ficción; la filosofía está, pero no está dicha, está implicada en el relato. Comprendemos su visión del mundo inmediatamente al leer sus obras, porque sumergirse en sus historias es entender su filosofía. La angustia existencial que transmiten Fante o Bucowsky no necesita de largas disquisiciones. Otra variante la tenemos en Pessoa o en Felisberto Hernández, entre otros: no filosofa el autor, pero filosofa el personaje. Las teorías del personaje son parte de su drama; la filosofía está subsumida en el relato. En Pauls, en cambio, tenemos la versión 100% argentina: las operaciones del alma humana, las concepciones de la memoria y el tiempo, el significado de los símbolos, son siempre explicados y declarados en largos razonamientos.
8. Rímini tiene terror a las mujeres que desean demasiado. Vera tiene celos desmesurados. Sofía tiene una obsesión desmesurada por Rímini. Adela H. tenía un deseo desmesurado por el capitán Pinson. La prostituta vietnamita tiene un deseo desmesurado por el playboy argentino (el marido de Nancy). Pierre-Gilles (en este caso un hombre) tiene un deseo desmesurado por Riltse. La señorita Sanz tiene un deseo desmesurado por su amante casado. Pauls no retrata a las mujeres; creo que las lectoras no se identifican con los personajes femeninos de El Pasado. Pauls retrata solamente a los hombres, y al terror que los hombres le tienen al deseo de las mujeres.
9. Lo peor del libro es la falta de economía del lenguaje. Pauls se empeña en listas como “denso, concentrado, compacto” y en explicarnos todas las metáforas.
10. Lo mejor que tiene el libro es su sentido de la tragedia. La tentación era que después de 550 páginas, Rímini pudiera por fin terminar de clasificar las fotos y escribir los epígrafes, “duelar el pasado”, hacer el bolsito y mandarse a mudar definitivamente (nunca más Sofía). Pauls resiste dignamente esa tentación terapéutica. Verlo al final a Rímini convertido en una marioneta de Sofía y sus chicas, sin voluntad, reducido a la total pasividad, ordenando las fotos, es un logro de la escritura trágica.
Contra todo lo que sugieran estas 10 afirmaciones arbitrarias, el libro me encantó.