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A mí con Woody Allen me pasa lo mismo que con Sinatra y con los dibujantes de historieta que me gustan. Tengo una tracalada de discos de Sinatra, y casi todos de cuando estaba viejo. Qué le voy a hacer. Tendré un toscano en la oreja, pero siento que un cantante se muestra en pleno a medida que pierde la voz.
Digámoslo de una vez: con voz canta cualquiera. Hasta Valeria Lynch, y así nos va. Un Goyeneche, una Chavela Vargas te conversan la canción desde las tripas y lugares así de hondos. y claro, es otra cosa.
Y a los dibujantes que me gustan, soy capaz de comprarles una historieta aunque tenga guión pedorro, por el solo hecho de disfrutar una vez más de sus trazos.
Bueno, son aproximaciones a Woody Allen. Aunque Woody Allen, por supuesto, es siempre algo más.
Desde hace un tiempo gracias a Dios largo, Allen ha encontrado una receta para hacer una película casi cada año. Desde Crímenes y Pecados en adelante, no podemos decir que ninguna vaya a revolucionar el cine, pero por suerte están ahí, bien a mano.
Son relatos siempre placenteros, siempre bien construidos, - sí,es verdad, hay alguno que otro flojo, pero de una flojera perdonable -, y nunca desde la deshonestidad o la especulación. Woody Allen es un capo en cuanto a la percepción aguda de la condición humana, y por suerte ha dejado de intentar retratarla en esos mamotretos solemnes de los 70 (Interiores, Memorias del polvo de estrellas), cuando se intoxicaba de Bergman y lo digería mal. Ahora sigue haciendo lo que mejor sabe: contar la vida y sus mecanismos a través de historias livianas, neoyorkinas, con personajes neuróticos y lugares donde uno desearía comer, charlar y vivir.
Como en Hugo Pratt, que todos sus personajes al final son el Corto Maltés, cualquier actor o actriz que pise un plató de Allen termina haciendo de él mismo pasado por el filtro oral y gestual del petiso. Esta vez le tocó a Jason Biggs, a quien no le va a alcanzar la vida para agradecerle no pasar a la historia del cine como el chico que se cogió un pastel en American Pie. Su pareja es Cristina Ricci, que de Los Locos Addams para acá devino en tetona con morbo; también están Danny De Vito y Stockard Channing.
La trama es la de siempre: relaciones de pareja, desacople con el mundo; todo en un fluir muy low fi. Están los diálogos petulantes y entrañables - los que dicen que Tarantino introdujo las conversaciones interesantes en el cine, o no vieron Annie Hall o Sueños de un seductor, o son pendejos, o ambas - las observaciones profundas, las obsesiones de siempre, y claro más de cuatro chistes para recordar en la sobremesa. Tiro algunos:
* ¿Los anticonceptivos la ponen loca? ¡Esa mina está loca! ¡El pentágono podría usar sus hormonas en una guerra química!
* ¿Qué opinás de la física cuántica? ¿De qué me sirve que el espacio sea lo mismo que el tiempo? ¿Le voy a preguntar la hora a un tipo y me va a decir "diez kilómetros"?
* Si lavás tus elementos de aseo y los cuidás, te van a durar más que muchas relaciones.
Como los distribuidores le deben haber dicho que cuando está él en el celuloide la taquilla funciona distinto, Woody Allen hace un papel secundario, que parece salido de La inmortalidad de Kundera, un improbable grupo cortazariano o los arrabales conspirativos de Bioy. Y así, como de refilón, se echa encima de ese inubicuo Dobel las mayores paranoias y aberraciones del cine americano medio.
A mí que me digan lo que quieran. Pero lo voy a poner en argentino para que se entienda claro y pronto: el día que dejen de editar en video o DVD las películas de Woody Allen, me voy del país.