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Friends en realidad terminó en 11 de setiembre del 2001. El momento de la historia en que los norteamericanos sentían por primera vez en casa propia lo que es ser carne de un bombardeo. La temporada correspondiente tenia que largar inmediatamente después, y recuerdo entre otras cosas de ese tiempo, que nadie quería ser el primer anfitrión de Saturday Night Live. Claro, una cosa es reirse con el estómago lleno, y otra cosa hacerlo cuando te duelen las tripas.
El primer capítulo de esa nueva tanda transcurría en el casamiento de Chandler y Mónica, con un plot de embarazo incógnita que había quedado colgado. Era triste casi ver a esos seis comediantes de lujo moviéndose a media aspa, como si la incomodidad fuera parte y sustancia de estar en ese momento ahí. Desde entonces, la serie ya no resultó la misma, y se fue despidiendo durante un par de temporadas más.
No se puede hablar de Friends, claro está, sin hablar de algún modo de Seinfeld. Tradición y ruptura.
Seinfeld fue la comedia de situación que revolvió el caldo de lo que ya se conocía y potenció el formato de humor de media hora hasta límites que hasta el momento no se habían alcanzado.
Por un lado fundó una nueva tradición: que en televisión los norteamericanos iban a hacer mejores cosas que en el cine. Esto es así hasta hoy. Hay más audacia narrativa y mejores performances en Los soprano, Six feet under, The wire, Carnivale, que en muchos de los estrenos del cine mainstream.
Fue un ejemplo inexorable de que un buen guión humorístico no depende de la acumulación de torpezas, o de un punto de partida absurdo. El humor es una mirada sobre la vida, parecían decir Larry David y Jerry Seinfeld, y ahí están esos cuatro personajes conversando en un bar como cualquiera, y poniendo en marcha las situaciones más increíbles en base a un cinismo muy de los '90 y a una voraz máquina de imaginar.
Seinfeld inventó que un comediante tiene el mismo derecho a ganar fortunas que un actor dramático de una mega producción de Hollywood. Si hoy Ray Romano - de la sofisticada comedia costumbrista de clases medias bajas Everybody loves Raymond - embolsa 1.800.000 verdes por capítulo, es porque Seinfeld fijó el standard en un millón para cada uno de los integrantes en la temporada final.
El doble capítulo de cierre - otra patente de de Seinfeld: las sitcoms de media hora deben despedirse a todo culo, con una hora completa para sí - fue el especial de ficción más visto en la historia de la humanidad. Se transmitió en directo para una resma de países del mundo, y hasta los indiecitos del cono sur nos prendimos a ver el grand finale en inglés y sin subtítulos, porque cómo nos lo íbamos a perder.
Bueno, mientras Seinfeld rompía con todo, los chicos de Friends se ocupaban en restaurar.
Nacida como una comedia más, con las aspiraciones lógicas de cualquier programa, pero sin demasiadas más aspiraciones, Friends se fue convirtiendo en la contracara de Seinfeld con meritos propios que tampoco son de desdeñar.
Muy poca veces se ha visto la combinación de carisma, química simultánea y timing en el guión para seis personajes en una situación fija, como se ha visto en Friends.
De Seinfeld se dijo que era "el show acerca de nada". Mentira: en Seinfeld pasaba de todo, con un grado de incorrección política, sutileza y calado que no es común todo el tiempo observar. Donde no pasaba nada era justamente en Friends. No pasaba nada, pero se notaba poco. Claro: tenías en el piso seis comediantes de excepción, seis personajes delineados hasta lo indecible, relaciones que se cruzaban, y una puesta en escena ganchera; cómo se iba a notar.
Y cuando Seinfeld cantó al siete y medio pago, la corona pasó a Friends. Sin Seinfeld en el aire como contrapunto, y asediado por una realidad de este nuevo mundo hostil, la comedia que reunía seis solteros amigos de casi treinta años se fue transformando de a poco en un grupo de gente de casi cuarenta, que se iba casando, asumiendo responsabilidades y no estando ya para las monigotadas. Se nota cierto embarazo en algunas situaciones, y uno ya no sabe si son del personaje o del actor.
Así y todo, el final tuvo un detalle de puesta que incluía desgarro y una experiencia nueva para el espectador. El departamento de Mónica, donde transcurre el ochenta por ciento de la serie, va siendo desarmado porque el matrimonio se va a mudar. La última secuencia transcurre en ese set vacío, desnudo, con seis adultos que no se sabe si quieren irse, o está claro que se van.
Y se van. Bajan por las escaleras, atravesando por última vez el pasillo que separa ambos departamentos, sobre un fondo musical. No ceden a la tentación del flashback, no muestran detrás de escenas, nada.
Los amigos se van igual de correctos como vinieron. Y mientras corren los títulos, la versión instrumental del pegadizo tema de los Rembrandts sobrevuela el último paneo sobre un New York nocturno donde ya no están las Torres ni las dilaciones de la juventud.