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Dedicado al amigo Angelgris.
Cuando las vacaciones van terminando, uno es capaz de hacer cualquier cosa por alargarlas un poquito más. ¿Nunca les pasó?. Yo no encontraba la manera hasta que mi marido cándidamente comentó que debía viajar a Mendoza en pocos días.
No pudo negarse a llevarme, pobre. Se le hubiese partido el corazón al decirme que no después de verme con el bolsito en la mano, la cámara de fotos colgando del cuello y el gorro de Piluso en la cabeza. Y entonces partimos.
Mendoza es linda por donde se la mire, pero si uno la está viendo desde diez mil metros de altura, es más linda todavía. La Cordillera de los Andes tiene en esa zona su tamaño máximo, así que es un deleite ver los picos nevados reflejados por el sol, que no parecen reales. Y allá abajo las vides dispuestas como casilleros de tablero de ajedrez. Sin desperdicio.
Después de un vuelo tranquilo aterrizamos en El Plumerillo donde nos esperaba amablemente un empleado de la empresa en la que trabaja mi marido, radicado allí, al que previamente mi señor esposo había solicitado nos reservara alojamiento en algún hotel que reuniera varios requisitos a saber: que fuera barato, que fuera barato y que fuera barato. Por lo tanto con la tranquilidad de los limpios de conciencia, subí al automovil y disfruté del camino al centro de la ciudad. Este buen señor nos explicó que en lugar de un hotel, en Mendoza se usa el alquiler de departamentos amueblados (una especie de apart hotel, pero con independencia), por lo que él consideró más "intimo" contratarnos uno de ellos. La ubicación era ideal: pleno centro, el departamento precioso. Pero como ya saben ustedes, con mi ataque de hiperquinesis, mucho tiempo de mirarlo en detalle no tuve, así que dejé lo innecesario (casi todo, algún día hablaré de la cantidad de equipaje inútil que llevo en los viajes) y partí en busca de aventuras. El departamento estaba en un segundo piso sobre una galería comercial bastante rara, ya que los empleados de la misma nunca estaban dentro de los negocios, sino sentados en los pasillos conversando entre sí. Lejos de parecerme mal, me gustó el gesto cómplice con el que me saludaban, que atribuí a la idiosincrasia del lugar pensando que amables eran los mendocinos.
Pregunté donde estaba la Secretaría de Turismo y una señora que me vió bajar del ascensor, me palmeó la espalda y me señaló justo enfrente. Dirigí la mirada a un enorme barril de madera con grandes letras y para allí me dirigí.
Qué bien, pensé. Es un acto de originalidad que las oficinas se encuentren en un lugar con forma de cuba que representa una de las actividades comerciales más importantes del lugar: las bodegas. No encontraba la ventana ni la puerta, así que fuí girando alrededor del tambor dando golpecitos para que alguien me atienda. Algo no estaba bien. Y ahí fue que presté atención a las letras del barril: simplemente era una publicidad de Movicom, la Secretaría de Turismo se encontraba diez metros más allá. Caminé esa distancia tratando de explicarles a los que me miraban azorados, que quería comprar un teléfono celular, y me subí al primer micro turístico que encontré. No tenía idea adonde me llevaban, yo lo único que quería era alejarme lo más rápido posible.
Pero fue una acertada. Primero recorrimos la ciudad y tuve la sensación de encontrarme en el lugar más ordenado que visité. Todo estaba donde debía estar. Las plazas, las calles, las casas tenían armonía. Y me enamoré de lo que veía. Después me llevaron al área fundacional, que vendría a ser la ciudad vieja, donde se encontraba el cabildo y el matadero como lugares principales y donde ahora existe un museo. Adelante de ese museo hay una plaza perfectamente cuidada, que tiene un friso de gran tamaño. Este friso muestra un fondo de montañas y un camino rodeado de palmeras y plantas. Exactamente lo mismo que uno ve directamente levantando la vista. Fue como ese juego de buscar las diferencias, tan difíciles de encontrar. Me mostraron las casas más antiguas de la ciudad, las cuatro plazas satélites que se construyeron con el objeto que las personas se reunieran allí en caso de terremoto, más tarde descubrieron que no era una buena idea, pero por suerte mantuvieron los paseos. Le saqué un montón de fotos a la casa del médico que operó a Susana Gimenez, no por cholula, sino solamente para cambiar el rollo por otro mejor, y quedé alucinada con el Parque General San Martin, el lago, el club de Regatas, los bosques, y por supuesto y sobre todo, con el Cerro de la Gloria. Si hay un lugar donde se venere a San Martin, nuestro prócer máximo, es en Mendoza. Pero ahí entendí porqué. Cuando uno toma verdadera conciencia de lo que hizo este hombre, cruzar la tremenda, imponente, majestuosa cordillera que se tiene adelante, a caballo y enfermo solamente para liberar un país que ni siquiera era el suyo, no puede menos que sentir una admiración infinita.
Volví cansada y feliz al departamento. Sobre la mesa de luz había un sobrecito que atribuí a un detalle que suelen tener los hoteles y consiste en algunos chocolates o caramelos. Me tiré en la enorme cama y prendí la tv. para ver el noticiero. O Llamas de Madariaga había perdido el pudor, o lo que yo veía era una película porno. La verdad es que mucho la cara de los actores no aparecía, pero con los sonidos me alcanzaba. Imaginense mi sorpesa, rápidamente busqué el interruptor, y de repente lo que se encendió fue una luz ultravioleta que le daba un aire de telo barato insoportable. Abrí el sobrecito que estaba sobre la mesa de luz y vaya sorpresa, me encontré con dos preservativos. Y ahí empecé a entender las sonrisas de las personas de la galería comercial: yo no estaba en un hotel, ni en un apart, ni nada de eso. Me encontraba ni más ni menos que en un hotel alojamiento. La realidad es que mucho no lo pensé, me puse los zapatos, bajé casi corriendo y me fuí a comprar una botella de champagne para esperar a mi marido, sería un verdadero desperdicio no utilizar los servicios que tan oportunamente se me ofrecían. Eso sí, cada vez que me cruzaba con alguien, lo saludaba con la mano izquierda, los dedos bien abiertos mostrándole mi anillo de casada. Claro que provoqué mayores sonrisas, ahora se creyeron que además de estar de trampa, encima engañaba a mi pobre marido con otro!
Las noches en Mendoza son increibles. Sobre la peatonal hay infinidades de bares y restaurantes, uno cena al aire libre y cada treinta o cuarenta metros, artistas callejeros muestran su arte. Hay saxofonistas, bailarines, cantantes, etc. A mi justo me tocó un niño que sacó de su bolsa un ratón gigante que le caminaba por la cabeza a él y a un perro resignado. No cené esa noche.
Al día siguiente fuí a una bodega donde degusté unos vinos riquísimos. No recuerdo como volví.
Y un postre sin frutilla no existe, en el aeropuerto, mientras esperabamos el avión que nos traería a Buenos Aires, la gente empezó a congregarse y a aplaudir a un grupo de muchachos que llegaba. Como esa noche jugaban Racing y Boca en el estadio mundialista de Mendoza, y yo ví los colores celeste y blanco, me acerqué y les grité: "Grande Racing, a llenar de goles a los bosteros". Mi marido me tapó la boca con todo lo que encontró a mano: eran jugadores de tenis que iban a disputar la copa Davis.
Música de violines para finalizar el bochorno.