Ocio | Sábado 14 de Agosto, 2004
Colón, vení que te descubro

por Ginger [Weblog] [Mail]

Levantarlos un sábado a las siete de la mañana tiene sus ventajas, ellos protestaban porque querían dormir, no porque los llevara de una forma compulsiva a una travesía educativa. Porque mi intención también era que aprendan... cosa en la que aparentemente fracasé, pero todavía tengo esperanzas que un día sean capaces de decir los nombres de los brazos del Paraná que se curzan en el puente Zárate-Brazo Largo.
Entre Ríos es una de las provincias en las que me siento más cómoda. Será que los entrerrianos son tan amables, o que los paisajes inspiran tanta calma, pero el viaje siempre se hace corto, y no sólo por estar a dos horas de Buenos Aires.
Tratando de evitar las multas de tránsito por exceso de velocidad, que para la provincia tiene como límite 80 kms. por hora, llegamos a Concepción del Uruguay. Visita obligada: el Palacio San José. La casa de Justo José de Urquiza, el primer presidente constitucional que tuvimos. Este buen hombre era adinerado, muy adinerado. Tanto que se construyó una mansión en medio del campo. Tanto que la vajilla tenía su foto estampada, y sin photoshop, ¿eh?. Tanto que fue la primer casa del país que tuvo agua corriente. Me dió una emoción intensa entrar al escritorio donde se redactó nuestra Constitución Nacional, así como también se me oprimió el pecho al ver el santuario que le hizo su esposa en el lugar hasta el que se arrastró para morir, víctima de un homicidio que parece ser tan común a nuestros próceres. Como dato curioso (que verán en todos los museos de historia), las camas son muy cortas, pero no se debe a que fueran enanos ni durmieran enroscados: dormían casi sentados. Porque la teoría del momento era que si se estiraban podía llegar la muerte durante el sueño, algo que seguro se le ocurrió a un vengativo petiso que debe haber sufrido burlas de chico. Y además tenían el baño en el dormitorio. No, no eran en suite. Las cómodas (o cajoneras, pero yo soy antigua y para mí se llaman cómodas) contaban con dos cajones debajo de donde guardaban la ropa interior: imaginense como se usaban. Y peor: imaginense el olor que tendrían!.
Como la visita nos dió hambre, almorzamos en un restaurante de campo que está justo al costado de la casa, y seguimos viaje a la ciudad de Colón.

Fue en ese momento, haciendo revisión mental, que caí en la cuenta que llevaba equipo de termeros para todos... menos para mi marido. A ver... mis tres mallas, la de mi hija, la de mi hijo... pero nada!. Ni un calzoncillo que pueda pasar por short!. No voy a hacer un relato de la batalla campal que ocurrió en el auto. Sigamos. Lo primero que hicimos al llegar fue buscar en Colón (un pueblo pequeño) un sábado a las tres de la tarde (dije PUEBLO PEQUEÑO, todos duermen la siesta, y los sábados nadie trabaja), una malla para que mi marido pueda hacer uso de los natatorios. Yo trataba de convencerlo sobre lo desagradable que era ir a tomar baños termales, mi recuerdo se remontaba a una vez que fuí de pequeña a un complejo termal y todas las señoras mayores y excedidas en peso (muy excedidas) estaban debajo de una capa de barro de unos diez centímetros aproximadamente. Pero no hubo caso. Me recorrí hasta el último lugar habitado de Colón hasta dar con una bonita malla de marca cara, carísima, casi exclusiva, que me salió el doble de lo que gasté en todo el fin de semana. Ya armados con todos los implementos a saber: mallas, ojotas, batas, toallones (estos últimos proporcionados por los hoteles del lugar), peine y espíritu deportivo, nos dirigimos hacia el complejo. A-lu-ci-nan-te. Hasta mis hijos estaban contentos, después de tener un zumbido en la cabeza por las quejas que emitieron durante todo el viaje por ser llevados a un lugar tan poco fashion. En el complejo hay un grupo de muchas piletas (disculpen, no las conté) con agua a distintas temperaturas, cubiertas y descubiertas, además de barroterapia, masajes relajantes, etc. etc. Ahí fuí conciente que dejé de ser una jovencita y me dispuse a disfrutar del placer de relajarme a gusto. Después y casi dormidos, recorrimos la ciudad tan hermosa, comimos embutidos y quesos artesanales, mucha cerveza negra y nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente partimos para el Parque Nacional El Palmar. Es increíble como la naturaleza sigue haciendo de las suyas. Miles y miles de palmeras dispuestas en un terreno gigante, nos recibieron. El lugar es precioso, con distintos tipos de vegetación, ruinas de antiguas caleras donde los misioneros jesuitas hacían trabajar a los indios, playas increíbles de arena limpisima que bajan a un río que nos separan un poquito nada más de Uruguay, fauna silvestre que no se asusta de nosotros y nos da la bienvenida, ondulaciones en el terreno, pequeños arroyos, y sobre todo, mucha paz. Pero permitanme, quiero destacar el trabajo espectacular de los guardaparques que están pendientes de cada necesidad, nuestra y de los habitantes naturales del lugar, y creanme que lo de ellos es verdaderamente por amor a la naturaleza.
Así que para compartir un poco más de mi viaje con ustedes, decidí dejarles unas imágenes de esos días. Espero que las disfruten, tanto como lo disfruté yo.
Hasta la próxima.


El Palmar - Vista del Parque desde uno de los paseos.


Camino que baja a la playa en El Palmar -

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