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No sé cuánta gente puede haber leído Don Quijote de La Mancha. Si me rijo por una encuesta casera que realicé en mi entorno, aseguraría que nadie, pero, considerando que la gente que día a día está a mi alrededor, formando mi pequeño mundo, apenas alguna vez leyó algo, dudé en tomarlo como referencia.
Luego, en un lapso prolongado de tiempo, casi diez años, pregunté a lectores que fui conociendo; la mayoría de ellos me respondió que no, las dos personas que me dijeron que sí fue porque siendo ellos estudiantes de literatura, leer y analizar El Quijote estaba en el programa de estudio (y que en realidad no lo habían leído sino que se habían enterado de que se trataba porque circulaba en la Facultad unas fotocopias con un resumen de la novela).
Me sentí un paria, con esa aflicción amarga de conocer una gran historia y no poder compartirla con nadie. En vano intenté convencer a los amigos más cercanos a que intenten al menos una vez leer el Quijote, me devolvieron por respuesta un gesto muy poco amable de rechazo, acompañado de un “dejate de joder” que destruyó mi entusiasmo.
En el año 1994 termino una relación de noviazgo intenso y quedo en la vida en clarísima posición adelantada y no sólo eso, me sacan la roja. Ya, inevitablemente fuera del mundo, me sumerjo en libros, música y caminatas interminables. Con este diagnóstico poco favorable, una noche compro en un kiosco la edición, en dos tomos, de ese célebre pero desconocido para mí, Don Quijote de La Mancha Parte 1 y Parte 2. Llego al departamento y los ojeo, los miro, y dudo pero luego recuerdo mi condición heróica: había sido capaz de leer completo _ por snobismo puro, lo confieso_, El Ulises de James Joyce, me había tragado la vasta novela sin chistar. Ya nada podría asustarme.
A las doce de la noche, ya listo, con mi velador encendido y bajo las sábanas abro el primer libro y comienzo a leer.
A los quince minutos corté la lectura, mi vejiga reclamaba y fui al baño, iba por la página veinte y me encontraba desanimado, me costaba leer, el castellano antiguo era una traba importante, meditaba en eso mientras orinaba y casi pensé en abandonar… pero no, yo era quien había terminado El Ulises y tenía un precedente importante para no claudicar. Entonces ya metido en la cama nuevamente se me ocurrió leerlo en voz alta, como si yo fuera un gallego español, enfatizando el acento de torero y con las eses convertidas en eshez hasta que la voz comenzó a acostumbrarse en mi cabeza.
En tres semana terminé los dos tomos, satisfecho y contentísimo, me enteré así que un viejo hidalgo después de intoxicarse leyendo novelas de caballerías, decide convertirse en caballero y salir en busca de aventuras (a lo largo de las dos partes, sale tres veces), el tipo está realmente loco, no caben dudas que lo está, ya que cree que las historias de caballerías sucedieron de verdad y ahora está convencido de que él es un caballero. A medida que transcurrían las páginas frecuenté la admiración por su vana valentía, me divertí con sus aventuras desopilantes, me enternecí cuando, con nobles motivos, quedaba en ridículo, o cuando Sancho lo contradecía; cuando confundía molinos con gigantes, rebaños con ejércitos y ventas con castillos; pero por sobre todas las cosas, de principio a fin, lisa y llanamente, me cagué de risa.
Y eso es lo importante que quiero dejar en claro, no sé si es un libro necesario para la literatura, no sé si es emblemático, no sé si es digno de estudiarse en las universidades, bla, bla, bla. Don Quijote de la Mancha es un libro divertido como pocos. Nada más que por eso, y sólo por eso, les sugiero emprender ese maravilloso viaje, después me cuentan.