Libros | Viernes 08 de Octubre, 2004
¡Jaque, carajo!

por Chori [Weblog] [Mail]

Tratado General de Ajedrez, de Roberto G. Grau
(Tomos 1, 2, 3 y 4)
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Mi amigo Jano me prestó el primer tomo de estos libros porque estaba aburrido de de ganarme, en forma muy veloz, cada partida de ajedrez. Por supuesto, al hacerlo, entendía muy poco lo que leía así que comenzó a dominarme la idea de tomar clases.

(En realidad la recomendación de estos libros son una excusa para contarles mi experiencia con el ajedrez).

En el año 2003, con treinta y un años decido ir a aprender con un profesor ajedrez. Hasta esa primera clase yo no podía entender como algunos amigos míos que jugaban ajedrez, no sólo lo hacían frente al tablero sino, pasaban horas comentando jugadas, anotando partidas y hablando sobre enroques, gambitos, francesas, vienesas y la mar en coche.

Yo sólo entendía del ajedrez los movimientos de las piezas y cuando lo jugaba no, solamente perdía rápidamente sino que también me parecía un juego más del montón, como el ludo, las damas o el estanciero.

En la primera clase entendí que mi profesor estaba realmente loco (luego, con el tiempo iría descubriendo que quienes juegan apasionadamente al ajedrez también lo están), y, cuando terminó la clase, me dolía la cabeza de tanto pensar; me di cuenta que al finalizar las dos horas de clase me encontraba congelado en la clásica pose del ajedrecista: con el codo apoyado en la mesa y los dedos de la mano derecha me refregaba la frente como si tuviera migraña.

Las explicaciones de mi maestro estaban pobladas de metáforas bélicas: el alfil era un franco tirador, las torres unos comandos arrasadores, el rey un puesto de comando intocable, la dama (¡y ojo con decir “la reina”!) tenía sus cañones apuntando para todos lados; me habló también de las estrategias para comenzar la batalla, las tácticas de cada avance…

Me empeciné en ganarle, al menos una partida, a mi gran amigo Jano, ajedrecista apasionado. Y le jugaba donde sea. Perdía siempre, pero día a día me iba acercando cada vez más a la victoria.

Jano me prestó los otros tomos de Grau y ahora comenzaba a entenderlos, y entendía también, luego de tres meses de clases, que el ajedrez es inabarcable, infinito, y me apasioné, me acostaba a la noche y en lugar de leer textos, me comía los libros de Grau.

Sentía que la vida era una partida de ajedrez, resolvía todo problema que se me presentaba como si fuera una partida: el contrato de alquiler, la compra de un auto, las discusiones con mi novia, los debates sobre fútbol…

Mi novia me trajo a la realidad, sutilmente me hizo dar cuenta que el ajedrez para ella comenzaba a tener cara, cuerpo y alma de mujer, y de mujer lasciva, dulce y complaciente. Ante la inminencia del abandono, tuve que elegir.

Con profunda tristeza me di cuenta que para apasionarme con el ajedrez necesitaba lo que para mí es oro: tiempo de ocio, eso, que por esta divina argentina, y por no trabajar en tribunales, no tengo, y que espero poseer alguna vez.

Pero esos tres meses me cambiaron la cabeza, si antes era impulsivo ahora no lo soy tanto, aprendí a contemplar todas las posibilidades que dispongo, material, tiempo y estrategias que me aporta cada contingencia en la vida cotidiana: ya no soy el mismo.

Siempre me pregunto si después de la muerte la cosa no se pondrá aburrida pero ahora sé que tengo la posibilidad de entretenerme de lo mejor, siempre y cuando, haya un tablero, treinta y dos piezas y un adversario llamado Jano, que estaré dispuesto a aniquilar.

Ah, y me llevo estos libros.

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