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La anécdota es suficientemente interesante como para detenerse en ella, y sostener que el tema de la integración –o no- , de una chica pueblerina, de quince años, que llega a la gran ciudad, es el centro de la historia.
Pero una mirada más detenida nos lleva a ver que Paolo Virzi, detesta al fascismo (ese fascismo que ve como se instala desde al gobierno, hasta los estamentos más mínimos de la sociedad), pero al mismo tiempo, no puede superar el desencanto (ya no puede enarbolar utopías). Y ese parece ser entonces el trasfondo del relato.
Algunos estereotipos (un padre neurótico, una madre sumisa), le permiten construir una historia, donde la adolescente Caterina ocupa el lugar central. Ella, en su derrotero, se cruza con las posibles expresiones del “adolescente italiano medio”. Ajena a la lucha de poder que establecen los diferentes grupos, acepta el ofrecimiento de amistad, que le llega desde las referentes de los sectores en pugna, sin leer segundas intenciones. Lo mismo que, inocente, se entusiasma con el pretendiente que el mismo día de la primera cita, debe dejarla por mandato materno.
Su aprendizaje consiste en ver que ella solo es una voluntad a conquistar para una causa, que no es buscada por ser ella misma.
Viendo la historia desde estas pampas, no es posible eludir la referencia que el director hace a quienes se llegan desde “fuera”. Las chicas más cool de escuela, al momento de descalificar a la protagonista, la califican de “extracomunitaria. Toda una definición.
Hacia el final de la historia, cuando se cruzan el político fascista y el intelectual de izquierda (padres de la chicas, compañeras de Caterina), no hacen otra cosa que tratar de agradarse. Sus hijas adolescentes reproducen el modelo: aparentemente son los opuestos, pero en la vida cotidiana, son la misma cosa.
Virzi propone que mejor nos quedemos en nuestro lugar. Caterina regresa con su madre al pueblo, donde es feliz con sus amigos de la infancia, y cantando en su coro.
Quienes migran permanentemente –desde el interior a las grandes ciudades, o desde los países periféricos a los centrales- parecen sostener otra hipótesis.