Cine | Martes 26 de Octubre, 2004
El Cielito: los que se van, los que no pueden irse

por Franco [Weblog] [Mail]

Ya desde la primera escena, la película es sugerente: un joven, de unos veinte años, se está fumando un porro, en un vagón destartalado de la argentina post-menemista-delaruista-duhaldista, que atraviesa los campos anegados por la inundación.

El cine reciente en la argentina, intenta –al modo de la nouvelle vague francesa- retratar la realidad. Varios films en los últimos años optaron por contar la experiencia de los argentinos (en su mayoría, jóvenes) que ven a Ezeiza, como su única salida. Así lo proponen –en diferente medida- Sandra Gugliota en “Un día de suerte”, Juan José Campanella en “Luna de Avellaneda”, Leonardo Di Cesare en “Buena vida Delivery” y Daniel Burman en “El abrazo partido”, por dar algunos ejemplos.

María Victoria Menis, en su tercer película, deja de lado el grotesco, y cuenta las desventuras de quienes no pueden irse del país, para encontrarle un sentido a sus vidas, y se ven condenados a deambular por la tierra que los vio nacer.

Nuestro protagonista, que viaja de colado en el tren, y debe saltar del mismo en movimiento, para que no la pesque el guarda. Muestra el costado más doloroso de la crisis que millones de argentinos padecen día a día: no tiene que comer, ni donde vivir, ni oficio, ni familia, ni pasado, ni futuro.

El azar lo reúne con otro desventurado, que heredó un campito de su padre, y que detesta la vida de campo. Su resentimiento aflora en su machismo, el desprecio por su esposa, el desamor por su hijo, su abandono, su vocación por la bebida.

Toda la película es un espiral que muestra la degradación en la que van cayendo los protagonistas.
El desenlace, podría ser cualquier flash de crónica TV.

La historia, desgarradora, solo parece querer redimirse en la presencia del bebé (que ni siquiera tiene nombre), que invita a pensar en el futuro. Pero la mirada de Menis (sensible, a lo largo de todo el film, para mostrar el lado menos amable de un país que parece haber perdido el rumbo), condena a repetir la historia de miserias, a quien podría significar una esperanza.

El Cielito, al que el protagonista logra llegar las pocas veces que se puede fumar un porrito, parece quedar solo ahí: en la irrealidad.

La pregunta que queda pendiente de respuesta, es si quienes vivimos en esta coyuntura, podremos superarla, sin plantearnos la huida hacia delante como salida, o la resignación de sobrellevar nuestra argentinidad como un destino fatídico, e irredimible.

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