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Alejandro Rivadulla me ha pedido un top five literario para su sección 'Cinco Libros', y me ha metido en un buen aprieto desde el mismísimo momento que me puse a delinear el listado. ¿Qué clase de libros incluir? ¿Los mejores que he leído, los que han transformado mi vida, los que hubiese querido escribir, los que —de no haberse escrito— habrían convertido al mundo en algo peor de lo que es, o los que provocaron que me dedicase a escribir? Como mis dudas también son cinco, he decidido apuntar uno de cada.
El mejor libro que he leído nunca
CRIMEN Y CASTIGO (Fedor Dostoievsky, Rusia, 1866).
Ésta fue, para mí, una lectura tardía. Sé que debí haberlo leído antes, pero lo hice ya de mayor, a los 25 ó 26 años. El retraso se produjo a causa del prejuicio. Un libro demasiado ruso, un libro demasiado gordo, un libro demasiado culto. Las primeras cuarenta páginas fueron arduas, dificultosas. Entonces, en la página 41, se produjo un clack: mi cabeza se rompió igual que un vaso al que le echan algo hirviendo. Las siguientes seiscientas páginas pueden contarse entre los momentos más felices de mi vida. La sensación es parecida a la de tener fiebre pero no la enfermedad que la precede, o a la de estar compartiendo un porro con una mujer graciosa y tetona. Un viaje dulce y doloroso. Y, también, un viaje que no te devuelve nunca al punto de partida.
El libro que ha transformado mi vida
62, MODELO PARA ARMAR (Julio Cortázar, Argentina, 1968).
Una noche de mis 18 años, en Mar del Plata, gané bastante dinero en el casino. La mañana siguiente entré en la Librería Colón y me compré treinta libros. Uno era éste. En esa misma ciudad de veraneo lo devoré con paciencia en varias tardes. Yo no sé si entonces ya tenía una forma de ser humano, una forma de enamorarme de las mujeres, una manera de relacionarme con mis amigos, una visión lúdica de la vida y una convicción optimista respecto del universo. Si no la tenía, esta novela apareció para darme todo aquello. Y si estos dones ya estaban en mí, dormidos, el libro llegó en forma de gigantesco despertador a cuerda. Sea como fuese, cuando regresé de aquellas vacaciones no fui el mismo que había sido, nunca más.
El libro que hubiese querido escribir
LA MUERTE Y LA MUERTE DE QUINCAS BERRO DÁGUA (Jorge Amado, Brasil, 1961).
De los cinco libros que he escogido, éste es el menos famoso, el más pequeñito y, posiblemente, el más difícil de conseguir. Es una 'nouvelle', al decir de los franceses, o un 'romance', en leguna portuguesa. Cuenta la ínfima historia de un borrachín que se muere y que regresa brevemente de la muerte para que sus amigos puedan hacerle una farra de despedida, con mujeres y alcohol y larga parranda, como él y ellos se merecen. Mientras lo leía, además de disfrutar como un cerdo, sentía la envidia insana de no haberlo escrito yo, de no poder escribirlo nunca. Es un libro sencillo y despojado como un plato de sopa caliente sobre una mesa de madera. Es fundamental y necesario como saciar el hambre.
Un libro que ha mejorado al mundo
LA DIVINA COMEDIA (Dante Alighieri, Italia, 1319).
Era La Biblia o éste. Pero he elegido la Comedia porque, al revés que el otro, Alighieri no tuvo al escribirlo la intención de mejorar el mundo. Dante se enamoró de una muchacha a la que vio dos veces en la vida. Sólo sabía de ella su nombre: Beatriz. Años más tarde canalizó ese amor contrariado escribiendo un libro en el que debía recorrer lo peor y lo mejor del mundo para encontrarla. Y compuso, intentando una historia de amor, la historia misma del hombre. Como otras poquitas cosas de factura humana (no muchas) este compendio de miserias y virtudes ha hecho que la tierra que pisamos sea menos mierda de lo que creemos y más poética de lo que nos merecemos. Si llegase un extraterrestre a preguntar quiénes somos, yo le daría —sin pensarlo— este manual de instrucciones sobre nosotros mismos.
El libro que ha provocado que quisiera ser escritor
AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN (Mark Twain, Estados Unidos, 1884).
A los doce años yo quería fingirme muerto para ver cuál era la reacción de mi familia. O ir a una isla desierta junto a un mejor amigo y fumar en pipa, y comer lo que se cayera de los árboles. Navegar en una balsa de madera con un negro loco. Encontrar un montón de plata robada y ser el héroe del pueblo. Conversar toda la noche de cosas graciosas o de temas de miedo con unos viejos barbudos recién llegados del mar. Odiar la escuela tanto como querer aprender todo de golpe, pero de otra forma. Y hasta quemar los libros de la escuela. Lo que no sabía es que lo que yo quería era ser escritor. Si no hubiera sido por este libro, habría sido simplemente un niño con problemas de conducta. Y ahora, que soy un escritor con problemas de conducta, sé que se lo debo a Twain.
[Este artículo ha aparecido inicialmente aquí]