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Lo “gay”, así, genéricamente, desde hace ya algunos años, está de moda en los medios.
Sitcoms americanas, cine de todo el mundo, telenovelas y hasta programas de chimento de la TV argentina, incluyen el tema (o algún columnista), como parte de una agenda obligatoria.
Anahí Berneri, eligió para filmar su opera prima una novela gay, que como dice uno de los personajes en el desarrollo de la película: “la vida de un gay, que tiene sida. Si, a la gente le gusta eso”.
Pablo Pérez cuenta parte de su vida, fundamentalmente de su vida gay, en su libro “Un año sin amor”. Anahí decidió llevar a la pantalla esta historia dura, buscando establecer entre los protagonistas y el espectador, la mínima distancia posible. Buscó que el público no se fuera de las salas sintiendo que esa es la historia de otros.
La película, rodada en 16 mm., conmueve por diversas razones. La resistencia del protagonista a aceptar los nuevos tratamientos para el sida (cabe aclarar, que la historia transcurre en 1996, cuando recién se comienza a utilizar el AZT); la soledad del gay en la búsqueda del objeto de su deseo; la distancia con la familia, que, aunque en apariencia lo acepta tal cual es, y en el final muestra sus diferencias; el sufrimiento en silencio del amigo que, enamorado del protagonista, no logra ser tenido en cuenta.
La casi permanente oscuridad en la que transcurre la historia, no es sino el reflejo del estado de ánimo de Pablo (muy bien interpretado por Juan Minujin), pero al mismo tiempo es la oscuridad a la que es condenada la comunidad gay, para poder vivir su vida: los boliches, los cines, los saunas, los darks rooms. Ya F. Rapisardi y A. Modarelli, en su libro “Fiestas, baños y exilio”, habían enunciado la teoría que con la democracia, el circuito gay había pasado a ser exclusividad de los lugares cerrados, como si en diversos puntos de la ciudad se reprodujera el ghetto. Pero al mismo tiempo, los lugares de encuentro, pasan a ser lugares arancelados. Señalan Rapisardi y Modarelli que con la apertura gay, desaparecieron las fiestas en casas o departamentos, y solo los lugares de ambiente son aceptados como lugares de reunión de los gays.
Y aquí, creo que la película peca de excesivo celo didáctico. La historia parece un “Pequeño Manual del Gay Porteño para no iniciados”. Todo es explicitado, nada es sugerido. Si sos gay en Buenos Aires, pareciera querer decir la película, vas a caminar por Santa Fe, te vas a sentar un rato en El Olmo, vas a ir a bailar a Contramano, y si no conseguiste nada, terminas en un cine porno.
Pero además Pablo, el protagonista de la historia es sado-masoquista. Imágenes fuertes, en sesiones leather: todo un riesgo asumido por la directora.
El tema del sida merece un párrafo aparte. Una enfermedad que hace 10 años aún no se sabía como controlar, y que quienes la padecían, tenían tanto temor a las consecuencias de la enfermedad, como a las secuelas de la medicación, por ese entonces, experimental.