![]() |
El Tango me encanta, en todas sus versiones. Así que poder disfrutar de escucharlo cantar, verlo bailar y sobre todo, mirar una orquesta interpretándolo en vivo, fue una experiencia inolvidable.
San Telmo es el barrio de Buenos Aires que conserva la aquitectura colonial, las casas viejas con balcones llenos de flores, las calles empedradas tan angostas donde sólo pasa un auto por vez.
Recibimos la invitación de ir a ver este espectáculo con mucho agrado, hacía un tiempo que deseaba saber como era eso que deleitaba tanto a turistas y a nacionales.
La primer sorpresa fue la historia del lugar: allí se encuentra la sede de la Sociedad Argentina de Escritores, la casa perteneció en principio a Felicitas Guerrero, considerada la mujer más hermosa de la Argentina. Más tarde se convirtió en conventillo, hasta que la SADE la adquirió y fue lugar de encuentro de los más grandes escritores argentinos. El edificio se conserva intacto, traspasar la puerta es entrar a principios del siglo XX: los patios con aljibes y piletas de lavar la ropa, los maceteros llenos de malvones, y la gran cantidad de puertas donde vivían antiguamente innumerables familias inmigrantes recién llegadas de España o Italia.
En este lugar funciona un restaurante que ofrece un espectáculo de tangos. La segunda sorpresa se dió cuando entramos al salón comedor: las paredes están cubiertas de bibliotecas empotradas con libros tan antiguos que serían la delicia de muchos coleccionistas. El show comienza un poco después, en un segundo patio interno donde dos cantantes (un hombre y una mujer) ofrecen su voz interpretando los mejores tangos que dieron nuestros compositores, acompañados por una orquesta y un grupo de bailarines que se destacan en su arte. Es casi una obra de teatro: existe un diálogo cantado con partes de la letra de varios tangos, que hacen reír y hasta emocionar. Más tarde viene la cena, impecable, acompañada por una gran variedad de vinos mendocinos de las mejores bodegas.
Después del café decidimos recorrer el barrio. Creanme, las calles estaban llenas de gente que entraban y salían de los distintos anticuarios, tanguerías, bares y lugares históricos ¡a las dos de la mañana! Pero lo más sorprendente es que la mayoría eran jóvenes de no más de 25 años. Cada rincón de San Telmo está iluminado como si fuese de día. No pudimos resistir la tentación de entrar a un bar frente a Plaza Dorrego, en un lugar donde uno podía tener en sus manos lámparas de fines de 1800 o cristalería que perteneció a las familias más ilustres del país. Eso sí, se puede degustar las mejores bebidas del siglo XXI. Un grupo de artistas callejeros muestran sus habilidades "a la gorra", de manera tan brillante que no paraban los aplausos.
Permitanme que les aconseje, tanto a argentinos como a extranjeros, que no se pierdan la oportunidad de disfrutar de este lugar que ofrece de todo para todos.
Y a las cinco de la mañana cuando volvíamos, en San Telmo la fiesta continuaba, acá nomás, tan cerquita de casa.