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La repentina muerte de la mujer con la que Víctor Francés (el personaje principal) iba a compartir la noche, en su primera (y última) cita, las circunstancias en que ello ocurre (en el departamento de ella, su hijo de dos años recién dormido, el esposo de viaje en Londres), y las decisiones que aquél debe adoptar en función a ello; son el punto de partida para un libro denso y encantador, como suelen ser los grandes libros.
El acaecer de los hechos descritos en el libro, son narrados desde la perspectiva del personaje principal; y en ese sentido, somos partícipes de sus dudas y sus descubrimientos, de su necesidad por saber, de su desorientación; pero sobre todo, somos partícipes, o el autor nos hace creer que participamos, de todo el proceso creador de ideas de una persona, ficticia sí, pero que terminamos dudando que lo sea.
Como ya deben haberlo advertido, ese libro no es uno para ser leído de un tirón, como puede serlo, por poner un par de ejemplos, “Ensayo sobre la Ceguera” (Saramago) o “Santa Evita” (Tomás Eloy Martínez); sino requiere sus pausas, requiere ser debidamente rumiado. Pero, que quede claro: allí donde la densidad en una novela es un defecto, en este caso es realmente una virtud.
Javier Marías, ciertamente de los más importantes autores españoles de la actualidad, se sirve de ciertas ideas fijas, de ciertas ideas recurrentes, expresadas varias veces a lo largo del libro, pero con ligeras variaciones en función a las circunstancias en que se plantean, para grabarnos con cincel ciertas dudas o interrogantes antes inadvertidas: ¿cuánto sé realmente de mí y cuánto de los demás?, ¿si no soy sólo mis logros y mis aspectos “recordables”, sino también todo lo que pude ser y mis aspectos “olvidables” (algunos efectivamente olvidados), cuánto sé exactamente de mí, y cómo puedo pretender saber algo cierto de los demás?.
En definitiva, un argumento sólido sumado a una narración brillante. Un libro circular, por decirlo de algún modo.