Escribo esto justo cuando el contador llega a dos mil. Por lo tanto, mantenemos el ritmo a pesar de los días de turrones y petardos. Mientras nace el año yo sigo leyendo y respondiendo un millón de mails y comentarios con sugerencias, quejas, confusiones de distribuidor, pataleos de suscriptor, decepciones económicas y un montón de gente que no sabe qué hacer en el paso ocho. En medio de tanta carta, se me ocurrió algo.
Si hace una semana empecé el texto diciendo que ya éramos mil suscriptores anuales a la nueva revista Orsai, hoy lo inicio con mejores noticias: ya somos casi mil quinientos. Esto indica una progresión constante, y nos obliga a tomar decisiones. Según los números, llegaremos al objetivo a finales de enero. Por lo tanto vamos a entrar a imprenta el 20 y la revista estará en el bar el 1 de febrero. Ya es hora, entonces, de ponernos a trabajar.
El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en .pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.
Se juntaron las dos buenas noticias: ya tenemos gas en el Bar (esto debe leerse, ya hay pizzas de Comequechu en Buenos Aires) y la preventa del nuevo año de la revista no podía haber empezado mejor. En tres días llegamos al 10% de las suscripciones necesarias, por lo que la revista podría estar (si se mantiene el ritmo) en todos los hogares a finales de enero o principios de febrero.
Necesitamos cinco mil suscriptores para que Orsai se convierta en una experiencia cultural inédita. Cinco mil lectores que compren, por adelantado, media docena de revistas. Cinco mil hispanoamericanos, entre cuatrocientos millones, que confíen en algo cada vez más poderoso: nuestro idioma. Esa cifra de lectores pioneros, cinco mil, es lo que nos separa de un proyecto cultural colectivo que no tiene precedentes en ninguna otra lengua.
Chiri ya no está en España. Yo no percibo todavía su ausencia, no todo el tiempo. Me doy cuenta después de las seis de la tarde, cuando solíamos juntarnos para planear la revista; y los sábados, que es cuando juega el Barcelona. Con el tiempo me irán cayendo otras fichas (los póquer de los lunes o las cenas familiares), pero no tengo todavía la ausencia instalada. Tampoco la tuve durante la última sobremesa, aun sabiendo que era la última.
Podríamos hacer esta revista en China, a un costo mucho más accesible, pero las imprentas chinas utilizan a menores de edad para la composición de los fotolitos, con un sueldo de hambre: 9,08 yuanes por semestre. Podríamos imprimir esta revista con papel Abset-221, que es mucho más económico, pero su celulosa se extrae de la Amazonia, lo cual dejaría a los indígenas sin sombra.
Si no tuviera una familia extremadamente catalana, volvería a vivir a Argentina ahora mismo. No me había pasado nunca en estos once años de vivir afuera. Pero resulta que ahora el contraste es inmenso. España se prepara para cuatro años horribles (no hablo de crisis económica, sino de aburrimiento monumental, de ausencia de ideas, de gente con corbata tomando decisiones en todas partes) y Argentina en cambio está explotando de pibes con los ojos brillosos.
Los que nacimos en Latinoamérica fantaseamos, desde la adolescencia, con visitar alguna vez Europa. Es una obsesión con la que nacemos. Lo extraño es que al europeo le pasa lo mismo. Por ejemplo a Cristina, mi mujer catalana. Ella soñó siempre, desde chica, con viajar alguna vez a la Patagonia, a las Cataratas, al Glaciar Perito Moreno… Son viajes raros para ellos, lugares exóticos del fin del mundo. Sin embargo, mi mujer ya vino cinco veces a la Argentina y solamente conoce la casa de mi hermana en la Plata, y la casa de mi mamá en Mercedes.
“Las revistas no salen de la Aduana”, nos dijeron, “ni se molesten en mandar el flete para ir a buscarlas al puerto”. Nos quedamos mirando el barco, en apariencia tan cerca. Adentro de ese barco hay dos toneladas y media de revistas hechas a pulmón por un grupo de argentinos. Las pensamos y las hicimos durante todo este año, por fuera de la industria y perdiendo plata. O, para decirlo con más propiedad: invirtiendo plata en un proyecto editorial a futuro.